“Durante los últimos años, la deuda aplazó los efectos del ajuste y eso es lo que se está rompiendo”

En los últimos meses, mientras crece el debate público sobre la deuda, surgen colectivos que problematizan y politizan la discusión. Estudiantes endeudados, endeudados organizados, familias y colectivos feministas. Historias y la crisis de la deuda como parte de la historia de las crisis del país.
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Y están apareciendo. Articulaciones de endeudados. “Estudiantes Endeudados”, “Endeudados Organizados”, “Familias Endeudadas”. Nombres que empiezan a crecer mientras crece la conversación pública sobre la deuda en los hogares argentinos. Hay un boom de testimonios, relatos que pasan de la primera persona a la tercera. Movimientos sociales, organizaciones y sindicatos toman el tema en agenda y personas sueltas llaman para acercarse. “Se están empezando a construir articulaciones y a politizar la cuestión de la deuda como se problematizó y politizó la cuestión de los ahorristas en 2001”, dice Gonzalo Assusa, sociólogo e investigador del IDH (Conicet-UNC). “Ahora estamos en cinco mil seguidores de Instagram –dice Fernando Moyano, uno de los voceros de Endeudados Organizados— . Capaz no es mucho para las redes, pero la realidad es que recibimos mensajes todos los días, todo el tiempo, y cuesta responder, porque uno tiene una vida normal y también se dedica a trabajar”. El 26 de agosto, surgió una de esas nuevas organizaciones. Sede de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Primera asamblea de estudiantes endeudados. Eran unas veinte personas, de distintas facultades, organizadas alrededor del tema. Había quienes se habían endeudado para pagar los boletos para ir a estudiar, quienes trabajaban en más de un lugar y no podían volver a vivir con sus padres porque tampoco tenían trabajo, y personas como Sasha, que cocinaba la vianda del mediodía para no gastar. “Hoy 4 de cada 10 jóvenes que se endeudan no están en condiciones de afrontar sus deudas –explicaron en un texto breve–. Vimos que esto era un problema cada vez más común entre compañeros de cursada, donde cada vez somos más los que estudiamos y trabajamos. Como jóvenes, no estamos exentos de la realidad y cursar tiene gastos como las fotocopias, el transporte, los materiales, el comedor universitario”.

La búsqueda de organización parece transversal. “Vemos personas que se contactan diciendo que están sueltas y que quieren colaborar, y esos son los llamados más atomizados que recibimos en Instagram”, dice Luci Cavallero, socióloga, docente e investigadora y parte de Movida Ciudad. “También llaman sindicatos que quieren organizar charlas, talleres, rondas en sus propios espacios y hasta personas que son referentes barriales o de sociedades de fomento que quieren incorporar el tema porque sienten que es importante”.

Las crisis forman memoria, explica ahora Gonzalo Assusa, convencido de que estamos frente a una nueva crisis y que el endeudamiento es uno de sus signos más evidentes.

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“Nosotros tenemos por lo menos dos grandes crisis en la memoria que nos sirven de parámetro social como para saber qué es una crisis: la hiper de fines de los ´80 y la de fines de 2001″, dice Assusa.

La crisis de 2001 provocó una fuerte desocupación y la desocupación apareció como cuestión pública. “Los movimientos eran de desocupados. Hoy son trabajadores de la Economía Popular –explica–. En ese cambio, las cifras de hoy no son de desempleo, sino de pluriempleo y sobreexplotación: el endeudamiento probablemente sea de los signos de época más claros de la crisis actual”. E insiste: el gobierno trata de argumentar que no existe.

Fernando, la política y la desvergüenza

Fernando Moyano tiene 34 años, trabaja en un laboratorio de Caballito y está endeudado desde 2024. Hoy es uno de los voceros de Endeudados Organizados y forma parte de Argentina Humana y Patria Grande.

“Mi historia con la deuda nació cuando empecé a pagar mínimos consecutivos de la tarjeta de crédito durante muchos meses”, dice y agrega: “Los gastos de la tarjeta eran para mantenerse: comida, servicios. Cobraba un plus por nocturnidad en el trabajo y, en ese contexto, tomó un crédito bancario para pagar toda la tarjeta. No pudo. El dinero terminó en un imprevisto de la instalación de gas. Después siguió una crisis, mudanza, otro préstamo, deudas y una nueva crisis aguda y personal. La deuda que había empezado con el pago mínimo hoy supera los 30 millones de pesos.

“En junio del año pasado, cuando empecé a asimilar la situación, lo sentí como un fracaso personal. Fueron seis meses que estuve con un esfuerzo muy grande, de mi parte y de los profesionales que siempre estuvieron muy dispuestos a ayudarme. Yo me considero una persona de fe y eso también me ayudó a pasar todo esto: me motorizó a decir: ‘Che, tenés que salir adelante, no estás solo. Estás solo, pero no estás solo con lo que te pasa’. Y, bueno, fui saliendo”, afirma Fernando.

A comienzos de 2026 empezó a oír hablar de endeudados. En las noticias. La calle. En el trabajo. Un runrún entre compañeros. La gente que no llega a fin de mes, la plata que no alcanza y, donde miraba, un conocido con una deuda. Para entonces ya era voluntario de las Brigadas de ayuda a gente en situación de calle. Dio un paso más. Hoy es uno de los flamantes voceros de la organización.

Matías Wasserman cree que estos testimonios están dando cuenta de un cambio. Economista del Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas sostiene que durante el gobierno de Javier Milei, algunas demandas lograron constituirse colectivamente, otras no. Con los endeudados, costó.

“Vos tenías a las familias de personas con discapacidad, a la comunidad universitaria, a los médicos de Garrahan pidiendo algo obvio y la sociedad acompañaba los valores de esas luchas –dice–: había un sujeto claro que iba a tocar la puerta del Congreso y se apropiaba de la demanda. En este otro caso, no. Por las propias características del endeudamiento, que es individual, que da vergüenza, que uno siente que tiene responsabilidad y culpa: costó construir ese sujeto colectivo y social”.

Desde marzo, sin embargo, algo empezó a cambiar. Y en las últimas semanas, la presencia explosiva de testimonios copó las pantallas. “Yo creo que el boom de este último mes, entre muchas otras cosas, se explica porque empezaron a aparecer esas voces que cuentan en primera persona sus casos. Y creo que es un círculo virtuoso: de desvergüenza. Como que antes nadie se animaba, nos pasaba sobre todo entre los estudiantes. Nos decían: ‘Yo tengo este problema, pero mis viejos no lo saben. No puedo salir a hablar porque mis papás no saben que estoy con esta deuda’”. Eso cambió.

Sasha, los estudiantes y la organización

Sasha Duttweiler tiene 20 años, estudia en Exactas, trabaja en dos lugares: programación y docencia. El trabajo le quita horas de estudio. Los fines de semana se cocina la comida de toda la semana para ahorrar en el almuerzo y, aunque no es vegetariano, solo come carne una vez a la semana. Carne de cerdo, porque no puede pagar la de vaca. Vive solo. Tiene una deuda con Tarjeta Naranja, la única que no le pidió recibo de sueldo cuando no tenía recibos. ¿Lujos? Un ventilador que compró en el verano, un pullover en invierno, alguna cerveza con amigos. ¿Fin de mes? Cerca del 22 de cada mes.

“Ese día –relata– tengo que volver a usar la tarjeta o sacar un crédito para la SUBE. Y saco un crédito chiquito porque creo que apenas cobro voy a poder pagarlo y, de repente, me doy cuenta de que si pago el crédito no me va a alcanzar para las compras, los servicios, el alquiler”.

Volver a la casa de sus padres no es una opción. Hasta la pandemia, sus padres tuvieron un kiosco en una zona muy concurrida del microcentro, pero cerró cuando la gente dejó de pasar. Del kiosco pasaron a las apps y al call center: familia grande y malabares con la economía. Semanas atrás, Sasha escuchó hablar de organización. Hoy es una de las voces de ese espacio.

“Che, mirá –me dijeron. Y empezamos a hablar con chicos que están en la misma situación. No solo estudiantes: hay una red un poco más amplia, con gente de todo el país, que capaz está en situaciones mucho peores que la mía”.

Desde la organización de estudiantes dicen que en la primera asamblea hubo entre 20 y 25 personas. La participación todavía es baja, pero tienen grupos de WhatsApp con muchas más. “Es un tema muy tabú. Y si bien sabemos que 4 de cada 10 personas jóvenes están endeudadas y no pueden pagar, sabemos también que somos muchos más los que estamos en esta situación y eso aparece con cualquier compañero de cursada con el que uno habla”, dice Laureano Consoli. “Es un tema que se trata mucho de lo individual y se habla poco de dinero en general. Entonces, la participación, poner el cuerpo, siempre cuesta un poco más”.

En 2001, lo colectivo y la organización eran un recurso que parecía más a mano. Luci Cavallero lo dice así: “En aquel momento y frente a la escasez, las personas tenían la posibilidad de cortar una calle o de organizarse en el trueque o de una organización comunitaria muy cerca”. “Durante los últimos años, lo que fuimos haciendo a través de la deuda fue aplazando los efectos del ajuste y viviéndolo de una forma individualizada”, dice. Y agrega: “Eso es lo que se está rompiendo: esa forma de individualizar el ajuste”. El espacio viene discutiendo el tema con perspectiva feminista desde hace un año, en asambleas. Lo que cambió en estos meses, para ella, es que se dejó de hablar de “deuda” para hablar de “mora”. Un cambio de matriz. La deuda empezó a registrarse para nombrar un fenómeno que ya se daba al interior de los hogares desde mucho antes, dice.

Quien no puede pagar una deuda llega a esa situación después de muchas otras privaciones. Las personas saltean comidas, dejan de hacer cosas, piden plata a familiares o incluso se endeudan con prestamistas informales. Es todo ese sistema de deudas privadas el que ahora entra en discusión, según Cavallero, cuando estallan las moras oficiales con bancos y billeteras virtuales.

Gastos, de hormiga en hormiga

Román es estudiante avanzado de Psicología de la UBA. Su deuda es poca y con un banco: pasó de 114 mil pesos a 540 mil. Tuvo una deuda con Mercado Crédito, pero la canceló. Es uno de los que, cuando habla, pasa de la primera persona al problema colectivo. “Utilizaba bastante Mercado Crédito para cosas muy básicas del día a día –dice–. Viajar en colectivo o comer en la facultad, si necesitaba comprarme algo por estar mucho tiempo fuera. Son como gastos hormiga que terminan siendo una bola de nieve, por el interés de Mercado Pago, completamente desregulado. Hoy es una de las voces de los universitarios organizados”.

“Se nota una falta de políticas bien concretas para ayudar a los estudiantes que están completamente atravesados por el pluriempleo –dice–. Esto se ve más frecuentemente que antes y es un problema estructural”. Muchos tienen que dejar materias o se endeudan para pagar apuntes. “¡¿Cómo puede pasar si la educación es un derecho?!”

La historia del siglo XXI también puede verse desde la perspectiva de las deudas: de la inclusión bancaria a la inclusión financiera con las billeteras virtuales.

Assusa estudió ese proceso. Durante la primera década del siglo, el acceso a las tarjetas de crédito se expandió en los sectores medios y los sectores populares que accedieron a televisores, equipamiento, tecnología y arreglos de la casa.

“Lo que pasó en los dos últimos años -dice-, es que las personas están yendo cada vez más al súper con la tarjeta de crédito para pagar en cuotas y empezaron a jugar con mecanismos financieros, como interrumpir algunos pagos, hacer rendir el dinero y luego pagar un servicio, o dejar de pagar los impuestos durante un tiempo. En eso estamos”.

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