La guerra contra Irán fortalece el naciente orden mundial

La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel no logró quebrar al gobierno iraní y aceleró, en cambio, transformaciones geopolíticas de alcance global. Mientras Washington enfrenta una pérdida de influencia y crecientes tensiones con sus aliados, Irán profundiza sus vínculos con Rusia y China y Eurasia avanza en la construcción de alianzas que consolidan un nuevo orden multipolar. 
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“Puedo prolongarla y tomar el control de todo, o terminarla en dos o tres días”, alardeó el presidente Donald Trump, el 28 de febrero, horas después de un ataque a traición de Israel y Estados Unidos contra Irán.

La ofensiva fue de tal magnitud que las bombas arrasaron con ministerios, complejos militares, aeropuertos, el Palacio presidencial, la residencia del Líder Supremo, la Agencia de Energía Atómica, entre muchos otros blancos, varios de ellos civiles, como una escuela primaria en Mindab, donde la dupla israelo-estadounidense asesinó a 168 nenas que estaban en clase.

La embestida, muy bien planificada por Washington y Tel Aviv, descabezó la cúpula de poder al asesinar al Líder Supremo ayatolá Ali Jamenei y a parte de su familia. Además, una serie de ciberataques a gran escala dejaron al país a oscuras, sin conectividad (internet quedó reducida al 4%) y sin comunicación: fueron hackeados la agencia oficial IRNA (Islamic Republic News Agency) y varios portales informativos.

Dos días después, Trump se jactaba: “Pensé que serían cuatro semanas, pero vamos un poco adelantados. Podríamos calificar esto de éxito tremendo”. En la imaginación del norteamericano y del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el golpe provocaría una insurrección popular que derrocaría para siempre a la Revolución Islámica y permitiría la consolidación del poder angloestadounidense-israelí en Asia Occidental.

Medio año después, el mundo es otro. En seis meses de guerra salieron a la luz tres hechos inesperados: que la defensa de Israel no es tan invulnerable como se proclamaba; que EE. UU. ha sido altamente incompetente al leer el escenario iraní y que la capacidad estratégica y de resiliencia de Irán es mucho mayor de lo esperado.

Hoy, la realidad es que el gobierno islámico no sólo no cayó, sino que consolidó su poder y que, en Oriente Medio, un proceso de transformación acelerada muestra que se está conformando un nuevo balance de fuerzas en sintonía con la emergencia de un nuevo orden multipolar. En estos meses se robustecieron los lazos entre Irán, Rusia y China, además de conformarse nuevas alianzas como la de la Meca entre Pakistán, Turquía y Arabia Saudita.

Washington, impotente, ahora maniobra la guerra con sanciones económicas, amenazas verbales y posteos como el gráfico que Trump colgó en su red Truth Social, donde el estrecho de Ormuz aparece con la bandera de barras y estrellas y etiquetado como “New US Territory” (nuevo territorio de EE. UU.).

El bloqueo económico

La “Operación Paria Económica” (llamada ampulosamente por Trump “el Día D económico”, en alusión al famoso desembarco durante la Segunda Guerra Mundial) busca asfixiar a Irán. El castigo abarca activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo, además de sanciones secundarias contra todos los países, bancos y empresas que comercien con los iraníes.

Teherán, empoderada por la victoria estratégica que ha logrado en estos seis meses, respondió que el país está plenamente preparado para afrontar cualquier escenario y contraatacar los intereses de EEUU en el mismo plano. La cancillería denunció la aplicación de estas sanciones unilaterales como “terrorismo económico” y criticó la indiferencia de la ONU ante el sufrimiento de la población iraní y ante medidas contrarias a los principios fundamentales de los derechos humanos.

Muchos dudan de que esta ofensiva económica sea exitosa, por varias razones. Primero, porque Teherán viene siendo oprimida económicamente por Washington desde hace casi medio siglo (1979) y aprendió a adaptarse a esas presiones.

Segundo, porque las nuevas medidas afectan los intereses de muchos países, sobre todo los de China, que compra más del 80% de la producción petrolera iraní (un 15% del consumo chino total). ¿Está dispuesto Trump a elevar la tensión política con Beijing a pocas semanas de la visita oficial de Xi Jinping a Washington (24 de septiembre)?

La cancillería comunista fue contundente. “China tomará todas las medidas necesarias para salvaguardar firmemente sus derechos e intereses”, anunció el vocero, Lin Jian, tras conocerse las medidas del “Día D”. “La guerra económica y la máxima presión no ayudan a resolver los problemas sino solo van a alimentar aún más los conflictos”. El vocero recordó que Beijing recomienda “desescalar la situación y volver cuanto antes al diálogo y la negociación”.

Tercero, porque son varios los actores internacionales de peso que apoyan a Irán. Rusia, por ejemplo, anunció que trabajará junto a Teherán y otros países aliados para contrarrestar las iniciativas ilegales impulsadas por Washington y, de hecho, ya anunció un encuentro de alto nivel entre Putin y su par iraní Masoud Pezeshkian, el martes 1 de septiembre.

Consolidando la multipolaridad

El conflicto se encuentra en una peligrosa zona gris: ni ataques ni negociaciones.

Irán sufrió pérdidas enormes, pero fortaleció su cohesión interna y se posicionó como un actor clave en la región. Los sectores duros del islamismo ganaron terreno, por lo que una desescalada es inviable por el momento salvo que Trump admita, por ejemplo, que el control del estratégico Estrecho de Ormuz le corresponde a Irán y al sultanato de Omán, algo improbable.

Ahora, el peor enemigo de Teherán es el tiempo: si las cosas siguen como hasta hoy (los iraníes controlando Ormuz pero el Pentágono bloqueándolo) corre el riesgo de perder los avances conseguidos. ¿Es el momento de acelerar o de conservar el status quo?

Faltan dos meses para el 3 de noviembre y una pregunta crucial y angustiante recorre el país persa: gane o pierda, ¿qué va a hacer Trump cuando ya no esté presionado por el resultado electoral?

También el presidente norteamericano perdió mucho. Además de la confrontación interna en su base electoral (MAGA), la credibilidad de su palabra y su popularidad cayeron en picada. A nivel de país, la guerra demostró importantes vulnerabilidades militares (en bases, en portaaviones, en la eficiencia de los misiles Patriot y, sobre todo, en la reducción crítica de la reserva de material bélico).

Más grave aún, el conflicto –que se prolongó más de lo esperado– dejó expuesta la pérdida de influencia de EE. UU. en la región y la irreversible declinación de su hegemonía global.

En el transcurso de estos 6 meses, hubo un hecho histórico que dejó en claro que el mundo ya está en un nuevo orden multipolar (sólo que en esta parte del mundo llamada Occidente no se visualiza en su verdadera dimensión).

Fueron las cumbres de Xi con Trump (14 y 15 de mayo) y con el presidente ruso Vladimir Putin (20 de mayo), en Beijing. Ambas dejaron en claro que Eurasia se rige por un nuevo orden emergente, con reglas y proyectos alternativos y valores distintos en las relaciones internacionales.

Xi se lo expuso con claridad a Trump: lo invitó a “construir nuevas relaciones” para enfrentar los “desafíos globales” evitando el viejo esquema de la confrontación a muerte (la “Trampa de Tucídides”).

Cinco días después, Xi y Putin -después de autodesignarse “los garantes de una nueva construcción basada en la igualdad, la justicia y la cooperación mutuamente beneficiosa”- anunciaron los “Lineamientos y fundamentos para establecer un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales”.

Los cuatro principios del nuevo orden son: 1) no hay países de primera clase; 2) la seguridad es indivisible e igualitaria. No podemos basar nuestra seguridad en la inseguridad del otro; 3) debe prohibirse la hegemonía global. Nadie puede dictar el destino de otros países y 4) todas las civilizaciones humanas son igualmente valiosas.

Mientras Occidente se deshilacha –sólo por dar un ejemplo: crecen las fricciones en el interior de la Unión Europea además del deterioro del vínculo UE-EE. UU. y de este último país con su aliado más cercano, Canadá–, en Eurasia se potencian las alianzas y las integraciones.

A mayor violencia y unipolarismo de EE. UU., mayor crecimiento de las asociaciones euroasiáticas.

La semana que ahora empieza (del 30 de agosto al 2 de septiembre) se llevará a cabo, en Kirguistán, una muy importante cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, donde se encontrarán Xi, Putin, Pezeshkian, el primer ministro indio Narendra Modi y los presidentes de Turquía, Recep Erdogan, y de Egipto, Al-Sisi, entre otros.

Muchos de ellos se verán nuevamente el 12 y 13 de septiembre en Nueva Delhi, India, en el marco de la Cumbre de los BRICS+. Será una nueva oportunidad para profundizar aún más en la integración.

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